viernes, 20 de noviembre de 2009

Silencios



Silencios, silencios rotos. Silencios rotos que nunca debieron serlo, solo disueltos, quizás, en momentos un poquito tiernos (pero solo un poquito porque luego duelen), que merezca la pena recordar, sin caer en una honda tristeza, esa tristeza que te hace sentir vacía, sin mitad.
Silencios que, a lo mejor, deberían haberse quedado en eso, en silencios. Porque, cuando se rompe el silencio, para darle significado, aunque no haya ningún sonido, una vez que se vuelve al silencio, es un silencio incómodo, desagradable, doloroso.
Silencio ignorante, silencio indiferente, silencio insonoro, silencio indoloro.
Y vivir en silencio, en un silencio hostil, en un silencio triste, que te susurre al oído todos los días, para que no te olvides de él, que no se va a ir. Que te susurre palabras que te remitan al recuerdo, al llanto, y al abuso.
Silencio desesperado, que grite y que no te deje oír. Silencio que te impida escuchar a lo que tienes al lado. Silencio que proviene de otro silencio, pero distinto, mucho más hermoso y mucho más dulce. Silencio producido por el silencio, silencio causado.
Y esperar a que llegue otro silencio. Un silencio que susurre también, sí, pero que susurre una tierna melodía (pero no muy tierna, que luego duele), un silencio que se levante por encima del silencio.
Y esperando, sigo escuchando al silencio, al terrible silencio. Al simple silencio.